A lo largo de todas las épocas se ha visto reflejada la
muerte como temática en las diversas manifestaciones artísticas.
Desde la antigüedad ha sido un tema muy recurrente, ya sea
con inclinaciones religiosas, culturales, artísticas o, simplemente, por miedo
al mundo oscuro que se nos plantea después de la vida.
Pero, ¿por qué esa insistencia en representar o recurrir a
algo que nos produce tanto rechazo? ¿Por qué ese interés por algo que nos
resulta tan sórdido?
El arte puede cobrar formas múltiples y abarcar temas
diversos, permitiéndonos aprender de la Historia, y de nuestra propia historia
personal.
El arte puede convertirse en algo realmente necesario, aún
cuando el relato que nos presenta sea algo dramático, tan terrible, que no lo
podríamos enfrentar de otra forma; el arte logra hacernos mantener la tensión y
atención frente a episodios de nuestra vida que, en condiciones normales, nos
producirían un rechazo absoluto.
Analizar esta relación nos permite entender el proceso que
involucra al espectador cuando se encuentra frente a una obra de cuya escena
dramática participa activamente, disfrutando de aquello que presenta,
volviéndose inmune y tolerante.
El espectador se siente sobrecogido no sólo por la belleza
de la escena, sino también por el temor que nos inspira. El dolor humano es,
sin lugar a dudas, una presencia amenazante, angustiante y aterradora para todos.
El arte actúa como mediador entre las escenas o escenarios
dramáticos y quienes las presencian y que, por una razón y otra, las adoran.
Desde las esculturas griegas como el “Lacoonte”, las pinturas renacentistas de Goya, los
desvaríos de Picasso,… el espectador está sometido a mirar escenas de tortura y
muerte casi surrealistas.
Las tragedias de Shakespeare, Steinbeck y “las uvas de la
ira”, “Crimen y Castigo” de Dostoevsky, ejemplos donde el arte hace cobrar
protagonismo a la muerte y al sufrimiento.
"Lacoonte" Escuela de Rodas (Principios de la era cristiana)
Dichas obras funcionan como medio para que el espectador se
acerque a esa lectura comprometedora pero desde un lugar que le permita generar
una cierta distancia en el momento que lo desee y, hasta disfrutar
estéticamente del relato, por más perverso que sea.
La protección que nos brinda el arte permite diferenciarnos
de las bestias, y no poner en cuestión el juicio que aquel placer de experimentar
lo aborrecible pueda despertar en nosotros.
Hay que destacar que la relación entre arte y muerte ocupa
un espacio dentro del marco de las relaciones interculturales, ya que no hay
nada fuera de la cultura, vivimos y nos movemos dentro de ella, a la vez que
nos condiciona.
Esto es clave para entender el por qué estas obras,
independientemente de la tensión temática,
han perdurado a lo largo de las épocas y de los diferentes contextos,
donde la problemática que exponen quizá haya dejado de tener el valor que tenía
en su momento de producción.
En resumen, la función de las imágenes ha ido variando
acorde a las sociedades en las que se han generado y sus respectivos contextos.
Las imágenes han representado y presentado y el espectador, desde diferentes
lugares, ha logrado apropiarse de aquello que transmitían. Un mecanismo que ha
permitido al espectador acercarse o alejarse tanto como quiera a una obra que
presente un relato doloroso y, aún así,
disfrutarlo sin sentir culpa o morbosidad.
El arte sólo es el vehículo. Así pues la muerte luce
atractiva cuando aparece oculta detrás de un disfraz que el arte ayuda a
proporcionar.
Como decíamos al principio, la presencia de la muerte como
tema ha venido influido por diversas causas, lo que ha provocado que los artistas
mantengan con ésta una relación de amor-odio.
Por un lado se encuentra la visión sagrada de la muerte,
cuya representación simplemente es para
ensalzar al difunto o humanizar aquello que no podemos controlar.
Pero también hay otras representaciones que rechazan
totalmente lo anterior, cualquier consuelo religioso o creencia en la
inmortalidad, y se dedicar a plasmar un final
angustioso y sin esperanza.
Por otro lado, es el “atrevimiento” de representarla lo que
nos hace perder el temor a que llegue, esa “valentía” de hacer frente a algo
que va a ser inevitable para todos.
La cultura juega un papel fundamental en nuestra visión
crítica, sobre todo hacia algo que, inevitablemente, no podemos controlar.
Así como la tradición cristiana se ha dedicado a representar
una visión de la muerte cruenta, sangrienta y desproporcionada, la cultura
mexicana ha hecho del culto a los difuntos algo alegre, un símbolo de
renacimiento y reencuentro con todas las personas que ya no están. Aquí se ha
cambiado la simbología, tan sólo centrándose en los aspectos positivos y no en
los negativos.
La muerte puede tratarse de muchos modos. Dolor, tragedia,
esperanza, final, indiferencia, comienzo,…pero con todo ello, siempre ha sido
algo por lo que el arte se ha sentido atraído y ha sido trabajado
profundamente, llegando incluso a obsesionar a algunos artistas.
Un tema tan delicado como es éste da pie a que el artista lo
trate y lo trabaje bajo su propio criterio y sus propias normas.
En la pintura, la muerte ha sido un tema muy representativo,
ya sea con carácter religioso, con carácter mitológico, representaciones de
guerra, como manera de teatralizar del
tema, con motivo de mostrar el horror o
con objetivo de denuncia y provocación.
Desde las imágenes de “Cristo Crucificado” , la iconografía de “la danza de la muerte”,
hasta las pinturas vanitas, la conciencia de la fugacidad de la vida, el
deterioro del cuerpo,…tópicos indicados para ensalzar las virtudes
espirituales.
Este tipo de pintura tuvo su auge en la Edad Media, se consolidó
en el Barroco, se mezcló con el erotismo en el Romanticismo y tuvo su peso en
el arte contemporáneo, manteniendo su interés hasta la actualidad.
Los pintores siempre se han dedicado a pintar aquello que
ven, que es casi todo. Pero aún así siempre ha estado ahí el sentimiento de
conseguir representar “aquello que no puede ser representado”.
El artista siempre se a mostrado en el límite entre dos
mundos y la gravedad e intensidad de la
mirada del cuadro revela que ésta se haya fija o perdida en el más allá o en su
interioridad, desde donde nos mira y se abre con el fin de que nos miremos en
ella.
En la música y la literatura también hubo espacio para la
muerte.
Composiciones como los “Requiems” gozaron de gran
popularidad en la música clásica como un ruego por el alma de los difuntos en
entierros o ceremonias de conmemoración.




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