viernes, 14 de diciembre de 2012


En la literatura, la muerte es la entrada a un reino onírico. Algunas personas lo ven como algo aterrador, otras como una parte fundamental de la vida, y otros como algo necesario. El escribir sobre ella no es sino un intento de exorcizarla
Como pasa en la pintura, este tema pasa por diferentes fases, mostrando diferentes visiones: la tragedia, el heroicismo, como un medio de dejar de sufrir (Barroco), como algo cotidiano y físico (s.XVIII), con insensibilidad (Naturalismo), conflictos bélicos (s.XX)…
Con todo ello, los muertos no eran lo más importante, la vida y la muerte giran en torno a aquellas personas que siguen vivas, a las situaciones, los contextos, y las realidad que siguen existiendo en aquellos que siguen con vida.  La cuestión es la de ayudar a entender cómo encajar la muerte de los que nos rodean, pues no nos interesa nuestra propia muerte,  sino aprender a encajar la muerte de los demás. A aceptarla.

En otras manifestaciones, la fotografía y el cine también han contribuido al desarrollo de esta temática.
Los fotógrafos reflexionaron y plantearon interrogantes sobre la realidad y la simulación, la sobre-información o la ausencia de información, sus maneras de interpretar  y reinventar el escenario de la muerte.
Y, teniendo en cuenta que se trata de una muerte representada, se planteaban la cuestión vital de si debería existir o no el cadáver fotografiado para poder ver la muerte representada con claridad. Aquí entró en juego la simulación, personas vivas, objetos que sustituyen a personas,… y la iconografía, las formas simbólicas que adquieren el significado de la muerte, como por ejemplo las calaveras.

En el cine, como heredero de las tragedias teatrales y literarias, se ha representado la muerte una infinidad de veces. En el género de terror, la muerte y su presencia es uno de los fundamentos propios, donde el espectador asume que ésta es algo natural y exigible.
Pero la muerte en el cine es un acontecimiento fuera y dentro de la pantalla, ya que el cine puede llegar a revalorizarse y tener fama si alguien muere a lo largo o después de la producción de la película.
Pero volviendo a lo anterior, los directores de cine han trabajado intentando plasmar las diversas formas en que las diversas épocas y culturas han visualizado la muerte: con gestos exagerados, con sombras amenazantes, con la figura propia de la muerte, con acciones complejas y retorcidas, insinuando o, por el contrario, mostrando explícitamente.

Hasta aquí hemos hablado un poco en el contexto de la historia en general pero, ¿qué pasa actualmente? ¿Cómo repercute la muerte en el arte contemporáneo?

La respuesta es fácil. Evidentemente sigue habiendo un profundo interés actualmente sobre este tema ya que seguimos sin poder controlarlo y aún presenta un gran interrogante en nuestras vidas.
El problema: ahora es algo banal, algo banal y morboso.
Parece que vivimos en un mundo donde lo peor que puede pasarnos es morirnos, lo vemos todos los días en todos los medios de comunicación, tan explícitamente que hasta pierde el sentido. Intentamos mantenernos alejados del dolor, de desterrarlo y evitarlo a toda costa. Intentamos controlar hasta aquello que no se puede controlar, simplemente para convencernos a nosotros mismos de que vivimos en una “burbuja segura”.
Pero todo el bombardeo de imágenes cruentas que recibimos, que intentan concienciarnos de que la muerte aún sigue ahí fuera, no sirven nada más que para inmunizarnos y acabar restándole valor a aquello que en algún tiempo pasado fue sagrado.
Nos muestran las cosas de manera tan explícita que ya no somos capaces de reconocer el horror, ni de temerlo. Simplemente actuamos con indiferencia ante ello.
El resultado de todo esto se reduce a una relación monótona con la muerte. Lo vemos todos los días, como algo lejano, como algo que no concebimos que pueda llegar a pasarnos.
En estas condiciones “al arte le es difícil manifestarse ya que, en cierto modo, el arte es un medio para sobrevivir a la muerte, de pactar con ella, pero si vivimos ajenos a ella, es posible que también estemos obligados a vivir alejados del Arte”. (Félix de Azúa)

En el arte contemporáneo, la muerte no pierde su papel como un personaje que, a pesar de sus años, mantiene su vigencia y la variedad en su caracterización.
El arte tiende cada vez más a lo efímero. Nuestra percepción responde, sujetándose al enfrentamiento entre lo que vemos y lo que llevamos dentro.
Memoria, desaparición y memento mori son tres casos de acercamiento al tiempo de morir que ponen de manifiesto un temor una pregunta sin respuesta, y despliegan tres variables que el tiempo nos trae con respecto al tema rotundo de la muerte.
Esto puede entenderse mejor con la obra de tres artistas contemporáneos:

Sobre la memoria: Boltanski, quien reflexiona sobre la muerte sumergido en el anonimato de sus personajes: adultos, niños, asesinos, asesinados,….
Ser anónimo significa, por un lado “ser”, todo aquello que revela sus diferencias ante los demás y se constituye como su “pequeña memoria”, y por otro “anónimo”, porque el agonizar del individuo como proceso ahoga en el tiempo todos aquellos detalles que conforman nuestra vida cotidiana.

                                       "Autel de Lyceée Chases" Christian Boltanski 1986-87

Sobre desaparición: González-Torres, quien indaga sobre el devenir entre vida y muerte mediante la desaparición. Sus herramientas son palabras como el amor, la ausencia, la enfermedad y el miedo, términos que involucran un tiempo inesperado y sorpresivo, porque los tiempos de muerte para este artista confrontaban el factor de lo sabido o conocido y el deseo de lo inesperado.

                                                     "Untitle" Félix González-Torres 1992

Sobre memento mori: Hirst, quien nos expone ante el delirio enfurecido del momento de la muerte. Un instante eternizado, una historia sin recuerdos y una imagen que congela los sentidos.

                                                     "Por amor de dios" Damien Hirst 2007



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